CEBIPAS * : Marcos Huayhua, un testimonio sobre las diferencias entre las ciudades y el campo y el papel de la formación pastoral

En MocomocoTal como ya lo manifestamos en un anterior post, el ISEAT está implementando una investigación cualitativa para conocer las percepciones de sus alumnos/as con dos objetivos: aproximarnos al valor que ha tenido la formación teológica y pastoral en la vida de ellos y ellas y, por esta vía, conocer sobre los cambios que el presente le exigen a nuestra currícula, a nuestros contenidos y a nuestras ofertas.  

 Así, las diversas entrevistas que estamos implementando serán un espacio para que los/as estudiantes expresen las expectativas que tienen al optar por la formación teológica o, de aquellos/as que están culminando o que ya lo han hecho, para que relaten sus experiencias y la manera cómo la formación, sea en teología o en pastoral, ha enriquecido sus posibilidades y ha fortalecido su trabajo misional o sus funciones como líderes sociales.

Uno de los puntos fascinantes de este trabajo de investigación cualitativo es la posibilidad de viajar, pues para encontrar a alumnos y alumnas del ISEAT debemos movernos por varias localidades, urbanas y rurales. Es inevitable percibir en estas andanzas las enormes diferencias entre las áreas en Bolivia.  Pero, más aún, la enorme diferencia cultural que existe allá.  Sabemos que Bolivia es una país plural y con un territorio tan diverso que la diferencia altitudinal entre una u otra localidad deja huellas profundas en la cultura.

Este fin de semana, hicimos la visita a uno de los estudiantes de un grupo de CEBIPAS en el Altiplano de La Paz, un hombre de 23 años quien es pastor local en la congregación Luterana. Este pueblo está ubicado en el distrito Mocomoco, 5 horas en bus desde La Paz, en un camino no asfaltado. Las noches allí son muy  frías y durante el día el sol brilla de forma tan implacable que la piel se curte. El pueblo de Mocomoco está rodeado de montañas y se encuentra allí la tranquilidad misma. Se puede decir que esos pueblos son multiactivos, pues hacen de todo: sus pobladores/as son artesanos, agrónomos, agricultores, son ganaderos; son también comerciantes y trasportistas; lo interesante es que las personas allá no son especialistas sino que realizan varias de estas actividades de forma paralela y aún simultánea. Caminando por el pueblo, escasamente se encuentran tiendas y raramente hay señal telefónica, menos aún señal de internet.  El pueblo está compuesto por dos calles, una plaza y dos iglesias. Los pueblos de los alrededores están a 2 o 3 horas a distancia a pie porque los autobuses o taxis no articulan a Mocomoco con las comunidades circundantes. El transporte público y los medios de comunicación son deficientes y para comprar o vender verduras o frutas en la feria más cercana la gente a veces camina muchas horas y con todas las cosas cargadas en la espalda.

No es raro que los y las pobladoras/es quieran y deseen migrar, especialmente los jóvenes. Me explica Marcos Huayhua Pachacuty: "No hay empleo, no hay ingreso económico, la mayoría de los jóvenes se van a estudiar o trabajar a La Paz".  Salen desde allí a las ciudades, en este caso a La Paz, salen de sus pueblos con la idea y el objetivo de acceder a servicios mejores. Es por esta razón que las personas aseguran que “el pueblo se está vaciando”. Hay más oportunidades de empleo en la ciudad y hay también otras comodidades ausentes en Mocomoco.  Sin embargo, una es la expectativa y las ilusiones para migrar y otra es la realidad: muchos jóvenes se equivocan en las ventajas de la ciudad. Una vez allí, llegan a vivir en los suburbios de la ciudad donde el índice de delincuencia es a menudo muy alta y generalmente se enfrentan a condiciones extremas de falta de empleo e incluso de discriminación.  Muchos de los migrantes, si bien están castellanizados,  no es esta su primera lengua sino el Aymara, por tanto, tienen limitaciones en la escritura en español. Esto hace que encontrar un trabajo sea difícil y esos jóvenes frecuentemente sufren discriminación. Además, es muy difícil dar espacio a su cultura Aymara en su nueva vida en la ciudad. Por lo tanto, se decepcionan, tienen que trabajar muy duro y su nueva vida resulta no ser la esperada ni deseada.

Nuestro entrevistado, estudiante de CEBIPAS, consciente de estas contradicciones entre el imaginario sobre las supuestas “bondades” urbanas y las realidades contradictorias y excluyentes que allá se viven, sabe que la ciudad es agresiva y desea trabajar para que las condiciones en su comunidad Mocomoco mejoren y él está convencido que su misión es seguir en la comunidad para “sacarla adelante” a través del trabajo en su congregación. Después de su servicio militar, él retornó a su comunidad porque creyó que este retorno es una manera de defender su comunidad y su cultura Aymara. A veces no es fácil persistir en este plan, nos asegura Marcos, y entiende a sus compañeros que han decidido migrar.  Sin duda, se trata de una elección valiente y solidaria.  Marcos dice: "La religión nos ayuda bastante en nuestra comunidad, en nuestras vivencias, nuestras formas de vivir. Nos ayuda en comprendernos y respetar a la gente." Para ellos la cultura Aymara y la religión ambos son muy importantes e incluso complementarias.

Marcos asiste a los cursos de CEBIPAS, que son los cursos bíblicos pastorales organizados por el ISEAT en las propias comunidades, en este caso, en Mocomoco.  Durante estos cursos, Marcos nos cuenta que ha mejorado su habilidades para trabajar como pastor y que le permite desarrollar otras competencias que de otra manera sería imposible: escribir; discutir su posición frente a otras; interpretar la biblia y reflexionar sobre la situación de su comunidad.  Sin embargo, esto implica para Marcos una gran dosis de sacrificio, por ejemplo, para llegar a las clases él debe caminar durante 3 horas para asistir a las diferentes materias durante los fines de semana. Para concluir, nos dice: "Espero que no nos olviden, como vivimos lejos, parecemos olvidados."

Historias como las de Marco nos llenan de fé y confianza aunque sabemos que muchas veces el trabajo de formación en comunidades alejadas es casi una proeza. Testimonios como estos nos muestran que la ciudad es un espacio agresivo y que no es evidente que en las ciudades se viva mejor que en el área rural.  Estamos comprometidos en el respaldo a programas de formación que puedan remontar las limitaciones de acceso y distancia y estamos convencidos de que es una prioridad la inversión en las comunidades rurales sólo así podremos apoyar a que nuestro país sea genuinamente pluricultural, fortaleciendo las lenguas, dando un valor a las culturas para que los pueblos se relacionen entre sí respetuosos de las diferencias a manera de una polifonía que nos enorgullece y nos expone a una diversidad que hace de nuestras vidas más ricas y diversas. 

Los dos últimos fines de semana visitamos otras comunidades en las que también se implementa el programa de formación bíblico pastoral CEBIPAS.  Allá, los y las docentes enseñan en aymara, con la finalidad de asegurar una formación lo más cercana posible a su contexto y a su manera de nombrar y comprender el mundo. Por eso fue tan conmovedor escuchar el testimonio de Marcos pues nos compromete aún más con nuestro trabajo que no sólo está empeñado en cualificar la formación de los pastores y de líderes pastorales, bajo el supuesto de que un/a líder pastoral; un/a líder de Iglesia es, a su vez, un/a líder de sus comunidades y ellos y ellas se convierten en recursos humanos para la gestión.  Por eso, las palabras de Marcos nos dan aliento para seguir en esta línea y mejorar aún más nuestro trabajo.

* CEBIPAS: Comunidades de Educación Bíblico Pastoral (Cfr.: información de este programa en las pestañas superiores (FBP)